Meditaciones En Torno De La Vejez

Meditaciones En Torno De La Vejez

Dr. Fernando Sánchez Torres
La vejez, un honor costoso

Llegar a viejo es un privilegio, y es una fortuna si aún se puede disfrutar la vida sin molestar a los demás. Cuando uno se encuentra inmerso en el grupo etario de los viejos, meditar acerca de esa situación es algo inevitable.
En virtud de los progresos de la medicina, del control de la natalidad y de la aplicación de políticas sanitarias, ha habido una marcada alteración de la estructura demográfica, caracterizada por una disminución de los nacimientos y un aumento de la duración de la vida. La consecuencia de tal fenómeno es el incremento progresivo de la población provecta, mejor conocida como <>. Se considera que <> es el individuo que tiene más de 60 años, calculándose que esta población, que era de 380 millones en 1980, llegará a 1200 millones en el 2025 (para entonces la población mundial será de 8 mil millones). Según estudios de la Organización Mundial de la Salud, en el 2007 la esperanza de vida en Colombia era de 75 años para los hombres y 78 para la mujer. Recientemente, el Fondo de Población de Naciones Unidas alertó sobre el creciente ritmo de envejecimiento mundial, que genera grandes desafíos. Para el 2050 habrá más viejos que menores de 15 años.

Se ha dicho que la tercera edad se está convirtiendo en la más larga (y la más costosa) de las edades de la vida, a tal punto que se habla ya de <>. Sin duda, ese fenómeno demográfico es preocupante por las implicaciones que apareja.

En Estados Unidos de Norteamérica, el 80% de todos los recursos destinados a salud se invierte en los últimos 15 años de vida de los ciudadanos. Explicable, pues la vejez apareja merma natural de la salud. Las enfermedades más frecuentes que se observan en dicha etapa son la depresión, las demencias, las cardiopatías, los tumores, las broncopatías crónicas, las osteoartrosis, las enfermedades cerebrovasculares, como también la suma de varias de ellas. Tales patologías están muy de acuerdo con los procesos naturales que se presentan en el organismo humano por el paso del tiempo. Es lo que un ingeniero llamaría <>, o García Márquez, <>. Su ocurrencia causa impacto emocional entre quienes las padecen y también entre quienes responden por éstos. Ese impacto se ve acrecentado por las condiciones sociales que suelen rodear el transcurrir del anciano y que obligan a reflexionar seriamente con criterio moral.

La falta de seguridad social, la miseria, el abandono familiar, la incomprensión, suelen ser los habituales acompañantes de los ancianos en casi todos los países del mundo. Aún más, el personal sanitario que es en últimas el que tiene que cuidar de ellos, no siempre está preparado para cumplir inteligentemente su labor. Quiero decir que las escuelas o facultades de salud no educan adecuadamente a sus alumnos para que aprendan a darles un trato digno, humanitario. Se hace imprescindible, por eso, que exista la cátedra de Geriatría.

¿Es la vejez una enfermedad?
Esta pregunta la hizo el poeta cómico latino Terencio, casi doscientos años antes de Cristo (¿Senectus ipsa morbus est?). Hoy carece de vigencia. La vejez, por sí misma, no es una enfermedad. Hay ancianos que gozan de cabal salud. Claro que lo común es que se acompañe de alguna enfermedad de las mencionadas atrás, sin que por ello deba generalizarse el concepto de que los ancianos somos unos discapacitados, es decir, que tenemos disminución temporal o permanente de la capacidad funcional, biológica, psicológica o social, que nos impida desempeñar nuestras actividades cotidianas en forma útil e independiente.

Es curioso, el transcurrir vital de los humanos tiene mucho de paradójico, pues en algunos aspectos la vejez se parece a la niñez, como si hubiera un proceso regresivo. En los tiernos años es imprescindible la dependencia de los demás: para trasladarnos de un lugar a otro se requieren brazos ajenos, o el empleo del cochecito; carecemos de dientes, pues aún no han despuntado; para contrarrestar la laxitud de los esfínteres se echa mano del pañal. Llegada la ancianidad no es raro que otros tengan que darnos su apoyo para caminar, o tengan que empujar la silla de ruedas; con frecuencia se carece de la dentadura natural; además, existe la posibilidad de que regresemos al uso del pañal. Explicable que a los ancianos, igual que a los niños, se no incluya entre <> y se nos dé un trato preferencial, paternalista. El escritor Gabriel García Márquez dejó constancia de ello en El amor en los tiempos del cólera, que es un hermoso canto al amor entre provectos. Refiriéndose al anciano médico Juvenal Urbino, describe así un pasaje de su vida diaria:

“Ya para entonces se bastaba muy mal de sí mismo, y un resbalón en el baño que pudo ser fatal lo puso en guardia contra la ducha. La casa, con ser de las modernas, carecía de la bañera de peltre con patas de león que era de uso ordinario en las mansiones de la ciudad antigua. Él la había hecho quitar con un argumento higiénico: la bañera era una de las tantas porquerías de los europeos, que sólo se bañaban el último viernes de cada mes, y lo hacían además dentro del caldo ensuciado por la misma suciedad que pretendían quitarse del cuerpo. Demodo que mandaron a hacer una batea grande sobre medidas, de guayacán macizo, donde Fermina Daza bañaba al esposo con el mismo ritual de los hijos recién nacidos. El baño se prolongaba más de una hora, con aguas terciadas en las que habían hervido hojas de malva y cáscaras de naranjas, y tenía para él un efecto tan sedante que a veces se quedaba dormido dentro de la infusión perfumada. Después de bañarlo, Fermina Daza lo ayudaba a vestirse, le echaba polvos de talco entre las piernas, le untaba manteca de cacao en las escaldaduras, le ponía los calzoncillos con tanto amor como si fueran un pañal, y seguía vistiéndolo pieza por pieza, desde las medias hasta el nudo de la corbata con el prendedor de topacio. Los amaneceres conyugales se apaciguaron, porque él volvió a asumir la niñez que le habían quitado sus hijos. Ella, por su parte, terminó en consonancia con el horario familiar, porque también para ella pasaban los años: dormía cada vez menos, y antes de cumplir los setenta despertaba primero que el esposo”.

Por supuesto que no todas las personas de la tercera o de la cuarta edad regresamos a la época infantil. Algunas mantenemos lucidez mental y podemos valernos por sí mismos, es decir, conservamos capacidad de autodeterminación. Con nosotros el médico no tendrá mayores dificultades. En cambio, con otras, con las que han llegado a la situación del doctor Juvenal Urbino, la relación médico-paciente y médico-familia podrá ser conflictiva. Se debe tener presente que el anciano es un ser humano y que, por lo tanto, debe ser tratado con solícita atención y con la dignidad debida. No por el hecho de ser viejo, y por falta de paciencia de los que lo rodean, debe ser segregado de su entorno familiar para confinarlo en el Cuarto de San Alejo, como se hace con las cosas inservibles e insensibles, para que se las coman la polilla y el olvido. Sin duda, el problema de la vejez, más que un problema de salud pública, es un asunto de carácter social y como tal debe ser encarado. Corresponde, pues, no tanto al personal de salud como sí a la sociedad y al Estado propiciar los mecanismos que brinden seguridad social a los ancianos y les permitan que la etapa final de la existencia transcurra de una manera tranquila, ojalá viviendo de manera útil, gratificante. Si la vejez de un hombre es útil a los demás, que viva cien años, y más, decía el escritor ecuatoriano Juan Montalvo.
Meditando sobre las condiciones lastimosas en que suele transcurrir la vejez, recuerdo la propuesta de la escritora Esther Vilar de fundar un partido político, Partido de los Ancianos, con el fin de representar los intereses de éstos en todos los sectores del mundo políticosocial. Esther Vilar fue –como muchos sabrán- la autora de la polémica obra El varón domado. En 1981 apareció otro libro suyo titulado Viejos, igual de polémico al anterior. En su momento fue calificado por la crítica como “un manifiesto a favor de la tercera edad”, pues es una especie de protesta, de rebeldía de los viejos contra las generaciones más jóvenes, que fingen tenernos afecto y consideración, pero que en el fondo son manifestaciones de hipocresía. A los hogares de la tercera edad los llama <>. A nombre de los viejos dice: “No somos ninguna especie imbécil que hay que esconder en asilos. No somos enfermos contagiosos que hay que tener en cuarentena. Queremos vivir integrados”.

La demencia senil
Entre los morbos que asedian a la vejez, uno de los más temidos y frecuentes es la <>. No me estoy refiriendo, por supuesto, a la descrita jocosamente por Daniel Samper Pizano, vale decir, la tendencia de algunos ancianos a enloquecer por los senos femeniles. No, medito sobre la enfermedad caracterizada por el depósito de placas amiloides y la pérdida de neuronas en regiones seleccionadas del cerebro. En otras palabras, estoy pen-sando en el <>. Este personaje se volvió el <>, pues a él se le achacan todas las fallas de la memoria, desde el olvido más intrascendente hasta ignorar quiénes somos o quiénes son los caros afectos que nos rodean.

Borges dice que el único consuelo de la vejez es la divina Mnemosina, lo cual es cierto, no obstante que el fenómeno del olvido sea un acompañante natural de la senectud, una demostración de flaqueza del cerebro. Rescatar nombres y fechas se convierte con frecuencia en un proceso lento, a veces frustrado, que nos lleva a sentir angustia al temer que estamos entrando en los dominios de Alzheimer. De todas maneras, los olvidos son manifestaciones de las arrugas del cerebro, que deben preocupar más que las del rostro, pues afectan uno de los dones más preciados y maravillosos de la vida: la memoria. Triste final aquel cuando el cerebro muere antes de que el corazón deje de latir.

Una consecuencia inevitable del envejecimiento del cerebro es la pérdida de sustancia (atrofia cerebral). Según los estudios realizados, después de los 50 años la pérdida de peso de un cerebro sano es del 2.3% en cada decenio. Tal fenómeno es consecuencia de la reducción de las neuronas, es decir, del andamiaje del cerebro, especialmente en el área llamada <>, que es donde anidan las funciones del aprendizaje y la memoria. Para el profesor Perluigi Gambetti, de la Case Western Reserve University, en Cleveland, Ohio, “el cerebro humano es capaz de responder al envejecimiento normal remodelando su conectividad hasta una edad tardía”. Menos mal, medito yo.

Al mencionar al profesor Gambetti viene a mi meditación también el nombre de Gabriel García Márquez. Resulta que cuando Gambetti leyó en Cien años de Soledad que en Macondo había ocurrido una epidemia o peste del insomnio, solicitó la cooperación de Gabo para estudiar genéticamente a los descendientes de la familia Buendía pues, de seguro, eran portadores del gen de dicha enfermedad. Lo que ignoraba el profesor Gambetti era que para escribir su novela esa enfermedad no había existido sino en el magín fantasioso de nuestro laureado escritor.

Retomando el tema de los cambios cerebrales en la vejez, hay que decir que la fatiga del material neuronal es la causa de la demencia observada, la que aumenta de modo dramático durante el octavo y noveno decenios de la vida. Entre los 70 y 74 años, menos del 5 % de las personas sufre de demencia; entre los 75 y los 84 años se eleva al 30%, y se acerca al 50% cuando la edad supera los 85 años. Se calcula que para el año 2020 la población que sufrirá demencia será de aproximadamente 37 millones de personas en el mundo, y en el 2040 alcanzará la cifra de 80 millones.

Es bueno aclarar que con el nombre de <> se identifica la pérdida de algunas funciones del cerebro, particularmente la memoria. En otra época se inculpaba a la arterioesclerosis de ser la causante única de la enfermedad. Hoy se sabe que el morbo de Alzheimer es el culpable del 70% de los casos. Se trata de la mayor calamidad, del peor desastre que pueda padecer un anciano. Cada día es mayor el número de personas que conocemos, habitantes de ese mundo miserable en que se vive con la demencia de Alzheimer. Y son más por cuanto asimismo cada día somos más numerosas las personas que trasponemos los 70 años de edad, y porque no se cuenta con un tratamiento preventivo.

Lo que caracteriza al cerebro anciano son los depósitos amorfos de proteínas no solubles, conocidos como <>, localizadas en el espacio extracelular de la corteza cerebral. En el cuerpo de las neuronas (que son las células nerviosas) se acumulan también agregaciones de proteínas insolubles, formando estructuras filamentosas: las neurofibrillary tangles (marañas o nudos neuro-fibrilares). El diagnóstico definitivo del mal de Alzheimer sólo se puede hacer examinando al microscopio el tejido cerebral. Se observarán al menos cuatro tipo de lesiones: placas amiloideas, <>, pérdida de neuronas en regiones cerebrales selectivas y degeneración y pérdida de neuritas (o cilindroejes) y sinapsis (que es la relación funcional entre las neuronas). La evidencia más aceptada es que el depósito de amiloides causantes de la formación de placa es el principal acontecimiento en la patogénesis de la enfermedad de Alzheimer. El componente primordial de la placa amiloidea es una proteína identificada como <<proteína amiloide b (Ab)>>, que es un largo fragmento de 40 a 43 aminoácidos de una proteína mucho más larga, denominada <<proteína precursora del amiloide>>. Me he detenido a meditar sobre estos mecanismos íntimos del envejecimiento del cerebro, para familiarizarme más con el tan odiado Alzheimer, sobre todo sabiendo que hasta ahora no hay forma de evitarlo ni tratarlo y que no tendría nada de raro que el destino me tenga reservado caer en sus garras. En el 2009 hubo una noticia alentadora: según Nature Genetics, dos grupos de científicos –uno en el Reino Unido y otro en Francia- descubrieron tres genes comprometidos en la aparición del Alzheimer. Sin duda, es un avance esperanzador. En Antioquia se viene estudiando una familia entera que padece una forma de Alzheimer de aparición precoz, lo que confirma el componente genético de la enfermedad.

Acerca del Autor: Fernando Sánchez Torres – Ginecólogo – Obstetra, profesor titular emérito y honorario de la Universidad Nacional de Colombia.